Las ocho de la noche, el muchacho bajó del campanario, después
de que anunciara la finalización de la hora santa, la última actividad del día
en la iglesia. Después de haber cerrado
el portón principal, pasó por la sacristía, donde su labor era dejar guardados
y limpios los instrumentos utilizados por el cura; los incensarios, a los que después
de apagar las brazas, dejaba colgados en el armario donde se guardaban las
cosas. Se dirigió luego hacia el altar mayor donde apagó las seis velas usadas
en el servicio.
Se acercó a la mesa donde se hincó ligeramente, medio se santiguó y pasó
de un lado al otro del sagrario; por allí salió y hacia la casa parroquial, por
un pasadizo que se encontraba por atrás de la sacristía, pasando por la oficina
del sacerdote. En la cocina, Licha, la cocinera,
le dejaba en la mesa, junto al fuego, un muñeco de tortillas, unos panecitos y
un pocillo de café.
El jovencito, se sentó a la mesa a comer, mientras recordaba los
momentos e cuando su madre, hacía ya tres años le había llevado al templo
solicitando al curita, le permitiera ayudar como acólito en los servicios de la
iglesia; tan solo once años contaba José Santos cuando eso sucedió, por ser un
chico inteligente aprendió con rapidez
las rutinas de la iglesia, las que aunado a sus obligaciones de estudio y las de
su casa eran para colaborar con el sostenimiento de su madre.
Todo esto lo recordaba, mientras mecía la silla, la que recostarse
mientras se sostenía de la mesa, tomando un sorbo de café, se encontraba,
cuando de pronto una de las patas de la silla resbaló y al suelo la fue a
tener; el porrazo le hizo volver a la realidad, se levantó, se sacudió, luego
tomó su plato y el posillo de peltre depositándolos en el lavadero de la pila.
Y salió rumbo a su casa.
Salió por la puerta posterior, la que daba a un sitio, en el que
sembraban milpa, se compuso la camisa y salió corriendo, para atravesar el
terreno hacia una de las orillas, donde la pared de adobe era mas bajita, saltó
por encima de ella y ya al otro siguió su camino calle arriba hasta llegar a la
siguiente esquina, donde se detuvo:
---Mi gorra ---murmuró, agarrándose la cabeza en señal de disgusto, la
había olvidado. Protestando, murmurando, haciendo algunos movimientos bruscos
con sus manos, dirigió sus pasos por el mismo lugar que pasó, llegó hasta el tapial
que saltó penetrando al sitio. Pateaba algunos terrones que encontró a su paso.
A su ingreso a la casa parroquial por el pasadizo a la sacristía; se sorprendió
ya que estaba seguro que había dejado las luces apagadas y en el salón contiguo
al despacho, se dejaba ver una luz titilante, que dibujaba la sombra de cinco
personas al rededor de una mesa, que hablaban en voz baja.
El jovencito estimulado por la curiosidad se colocó detrás de unos
candelabros, apilados en un rincón de la sacristía; se agachó a observar y ver lo que sucedía….
---Mañana
es el día, si logramos sorprender al enemigo, según lo planeado, vamos a tener
suficientes armas ---dijo una de las personas.
---No
hay que olvidar, que parte importante del éxito, es saber cuanta gente se ha
reclutado en los últimos meses.--- respondió otro.
---Esa
información, deber A llegar en el transcurso de la noche, aunque con la gente
que contamos les podremos dar un fuerte golpe.---
---La
coordinación con los otros dos grupos, ya se estableció, cuando se de la señal
atacaremos, el objetivo es tomar la gobernación departamental y la alcaldía, el
número de soldados del destacamento no es muy grande en esta época del año ---
---pittss,
---silencio ---indicó Con un dedo frente
a los labios ---escuché un ruido extraño --- permaneced callados, no os mováis---
El sacerdote se levantó, cruzó la habitación hasta llegar al cuarto
contiguo, en la oficina parroquial, se acercó a la puerta, sigilosamente. En
ese instante un fuerte empelló dio al traste con la puerta y un grupo de
soldados penetraron atropelladamente a la habitación.
---A CUIDADO! gritó el cura, al mismo tiempo
que uno de los soldados le propinaba un culatazo en pleno pecho que le hizo
caer pesadamente al suelo.
---A Cura hijo de puta…--- grito el soldado,
mientras varios disparos se dejaron escuchar desde la puerta de la entrada en
la habitación contigua, donde el estallido de las balas, iluminaba el recinto,
la ráfaga de metralla no se hizo esperar, el intercambio de los proyectiles se
produjo más intensamente.
Dos de
los sujetos que se encontraban en la habitación
cayeron muertos. Otro, pistola en mano les hacía frente.
--- ¡AY!
, me dieron --dijo uno de los soldados, agarrándose la pierna izquierda y
desplomándose al suelo.
El cura se incorporó y lanzándose sobre el comandante del grupo, este le
recibió con una treinta y ocho en mano y con un disparo a quema ropa, le hizo
caer al piso. Agarrándose el vientre con ambas manos. Alrededor de los dedos le
brotaba sangre roja, que manchaba su
sotana.
--- Agarren
al de adentro --- gritó el sargento.
Un solitario disparo se dejó escuchar en el interior del salón. Al
lograr penetrar los soldados:
--- Este
maje se pegó un tiro ---dijo uno de ellos.
Se aproximaron luego a los cuerpos sin vida de los civiles, que se
encontraban dispersos en el suelo, con saña y despectivamente les patearon y
con las arma les puyaron, tal vez aun con
vida.
Por otro lado el acólito, en su escondite no se había movido, sudaba
copiosamente y las piernas le temblaban, el corazón le tableteaba dentro del
pecho, una de sus rodillas hizo contacto con uno de los candelabros y como
castillo de naipes cayeron uno encima del otro, provocando un estrepitoso ruido
que hizo que los soldados se dieran cuenta de su presencia.
--- Hey!….,
es un patojo, mi sargento.
---
Agárrenlo --- indicó el sargento.
Por instinto, empujó el resto de os candelabros y salió corriendo a
través del pasadizo, mientras los soldados corrían tras él.
-- AH! , AH ! --gemía, mientras a grandes zancadas, trataba de alcanzar
la salida posterior.
Tropezó con la silla de la cocina y pasó de un salto por arriba de la pila, hasta
caer frente a la puerta del excusado, atravesó el terreno hasta llegar a la
pequeña pared, subió a ella y al asomar la cabeza en las afueras de la calle…
recibió un puñetazo en pleno rostro, que le hizo caer de bruces al suelo, sin
sentido.
--- Cárguenlo
y lo meten a jeep.---dijo el comandante.--- y los demás que?---
--- Los
están muertos, mi capitán,…incluyendo el cura ---
Dos vehículos militares se alejaron de la escena, llevándose un
soldado herido y al muchacho. El
silencio de la noche se hizo cómplice del crimen de esa noche, nadie había
visto nada. Días después.
--- La
Prensa. La prensa Libre…. Se escuchaba el grito de los voceadores a través de
la ventana, coronada de barrotes en aquella cárcel antigua, de paredes de mas
de tres metros de alto, oscura, húmeda, mal oliente, vestigio de conventos
coloniales, usurpadas por los gobiernos después de la Reforma.
Allí en el suelo, sobre un costal de
brin despertó el muchacho, José Santos, el acólito.
--- La
Prensa… grupo guerrillero abatido al enfrentarse con el ejército…. La prensa
recordó entonces, lo sucedido, los golpes
recibidos… donde estoy se preguntaba, con el temor y el miedo reflejado en su
juvenil semblante en medio de la penumbra que le envolvía, la luz escasamente
penetraba a través del agujero de la ventana. Se restregó el rostro, el dolor
se hacia presente en la hinchazón del ojo izquierdo, un hilo seco de sangre que
le había recorrido de la nariz, dándole una sensación pegajosa en la mejilla.
La puerta se abrí, a través de un
chirrido, un individuo penetró un individuo, corpulento, moreno, de bigote
ancho, mal encarado, vestido de soldado, se acercó al muchacho que se
encontraba sentada en el suelo, con las piernas encogidas, muslos junto su
pecho y apoyando su espalda en una de las paredes. El Militar un capitán lo
tomó del pelo y le obligó a que lo mirara a los ojos, mientras le decía:
--- A
Conque vos sos el patojo que está metido con la guerrilla?---
---¡NO!..
.---respondió, mientras intentaba defenderse, para que le soltaran el pelo –Yo,
no se nada señor, yo soy el acólito de la parroquia---
--Un
soldado se acercó al capitán y le dijo al oído. Casi de inmediato, soltó la cabellera
del joven y de un empujón lo estrelló contra la pared. Dio media vuelta y salió
diciendo.
---Unos
cuantos días en chirola le van a caer bien a este patojo---
Salió de
la celda y se dirigió al patio interior del edificio, este era uno de aquellos
convento de los religiosos, que en tiempo de Justo Rufino Barrios, le habían
sido quitados a la iglesia católica, era una enorme construcción que ocupaba
toda una manzana, con amplios corredores en los cuatro costados, con arcos y
columnas a la usanza colonial, que se mostraba con un patio central, donde en
alguna, época había existido un jardín; una fuente, ahora semidestruida que era
el mas fiel vestigio de cultura y de arte.
Frente a una de las puertas, que se encontraba encabezada por un rótulo
que decía: "Sargentía de Servicio"; se encontraba una mujer madura,
Francisca, con el rostro amargado por la pena, sus ojos hinchados por el
llanto, como evidencia de su dolor. De condición humilde, madre del jovencito, José Santos, el acólito. Se hacía acompañar
por Fermín, güisache de profesión, que prestaba sus servicios en el bufete de
uno de los abogados del pueblo, un hombre joven, de corta estatura, vestido a
la usanza pueblerina, con pantalón de dril gris y un saco oscuro, grueso, de
solapa ancha, traslapado, de casimir. Usaba además un pañuelo rojo de bolitas
blancas al rededor del cuello, para proteger la parte almidonada de su camisa
blanca y no usaba corbata. Al ver aparecer al militar, Francisca le salió al
encuentro:
---Mi Capitán, por Dios bendito, dígame donde está mi patojo? ---la
rogativa se hizo acompañar de algunas lágrimas --- El es un muchacho sano, que
no se mete en nada y me han dicho que usted lo tiene preso, acusado de
guerrillero, en algún lugar secreto del cuartel.—
---Mire
señora --- respondió el militar, mientras sacaba un cigarrillo de la bolsa de
pecho, lo somató en uno de sus extremos apelmazando el tabaco ---Usted no debe
de creer todos los chismes que le cuentan ---con el cigarrillo en la boca, sacó
el encendedor y haciendo un ovillo al juntar sus dos manos, lo prendió, aspiró
el humo y despectivamente, se lo echó en el rostro a la mujer ---Ese patojo, no
está aquí, usted ha de saber que al estar implicado en el asunto, a de haber huido
con alguno de sus cómplices.
--Pero el
patojo apenas tiene catorce años, nunca se ha metido en problemas, menos de
andar con esa gente de los guerrilleros que les dicen. Si apenas ha empezado a
vivir. Y, no puede ser, MI HIJO! --y le brotaron nuevamente lágrimas de sus
ojos.
---y que
le vamos a hacer doñita, todo esto se debe a que no se está al tanto de los
hijos, tienen malas juntas y ¡zas! que caen con estas gentes, que los encandilan
y luego los meten en babosadas. ---
---Señor
Capitán ---dijo Fermín, al abogadillo--- Yo represento a Doña Francisca, y voy
a presentar en el juzgado, un recurso de exhibición, pues testigos vieron que
al patojo, lo detuvieron, si razón aparente---
---Como
va a creer usted, semejante mentira, y que lo trajeron aquí….ja, están locos---
--- Vieron
a unos soldados, traer al muchacho en un jeep, a estas
instalaciones------Mire mi Lic. no se
complique la vida, ni tampoco vea micos aparejados, recuerde que es muy fácil
acusar, no vaya ser que se meta a camisa de once varas ---le indicó el capitán,
poniéndole el brazo sobre la espalda y apretándole el hombro ---No se meta a
gastar en papelería y su tiempo, yo le puedo asegurar, que el muchacho no está
aquí, pero si de algo le sirve, yo estoy dispuesto y me comprometo a mostrarles
todo el cuartel, si le interesa ,se darán cuenta que no hay nadie detenido,
preso o sec…., solo va a hacer gastar su pisto a la mujer por puro gusto.
--- Pero
mi. capitán, es mi deber atender a la gente que solicita mis servicios y que me
pide consejo en las cosas legales. Pero si usted está de acuerdo, yo haré el
recorrido por las instalaciones del destacamento, para Comprobar lo que dice y
darle una satisfacción a doña Paca.---
---
Usted dirá licenciado, hoy por la tarde, a eso de las tres, después de la
siesta, vamos a dar una vuelta a todo el edificio ya sus alrededores.-- Le
extendió la mano y se despidió de él --Doña Francisca, buen día --dijo,
punteando sus tacones y levantando levemente la gorra y se retiró.
A lo
lejos se escuchaban las campanas de la iglesia en señal de duelo, ese día se
organizó la velación y posterior sepelio Padre Manuel, cura párroco de la Villa.
Ya para esa época, se habían escuchado algunas historias, de que el padrecito
era además de emprendedor, defensor de las injusticias, se comentaba además,
que pertenecía hacía algún tiempo a la
insurgencia; militante del los grupos importantes de guerrilleros del oriente
del país. Incluso se decía que había visitado Cuba (y de sus sólidos contactos
con los grupos subversivos de Latinoamérica. También se mencionaba de su
participación en una cumbre de las organizaciones alzadas en armas, donde había
compartido con varios personajes importantes de la época: Camilo Cienfuegos,
Daniel Ortega, El Ché Guevara, etc. Sin embargo, muchas personas no daban
crédito a esto puesto que el padre Manuel, había desarrollado una obra social
sin precedente; por lo que se había ganado la simpatía de la población. Los
grupos de mujeres y jóvenes, los catequistas, la escuela dominical, eran un
buen ejemplo de su labor, y que hacía muy difícil de imaginar que además
participara de estas cosas.
Luego de
finalizar los actos litúrgicos y el entierro del curita, varias personas
salieron del cementerio rumbo hacia el destacamento militar, junto a ellos
Fermín, que quedó de reunirse con el jefe de la base.
--- Mi
Capitán – dijo el ordenanza, en posición de firmes, cuando penetró al despacho.
---Que
pasa soldado --- respondió el capitán que se encontraba recostado en el respaldo
del sillón ejecutivo y con los pies encima del escritorio.
--- Mi
capitán, le busca el licenciado Fermín, dice que usted le ordenó se presentara
hoy por la tarde---
--- i
Que licenciado. ni que ocho cuartos, ese ni de la primaria salió limpio, menos
de licenciado...má!, llevate un custodio
y que me lo traigan---
El soldado somató los talones, terció el arma y dió media vuelta, a la
vez que respondía:
---A la orden mi Comandante.---
Transcurridos algunos minutos el ordenanza entró a la oficina y haciendo
nuevamente el saludo dijo:
---Permiso mi capitán, ¿ mandó usted llamar ?-- Pasame al fulano.---
---Al
señor Fermín….?---
---
Adelante don Fermín. .., ordenanza retírese...---
---j
Licenciado! como le va ---le dijo en tono burlón, a la vez que bajaba los
botines del escritorio. Se incorporó y se acercó a el para saludarlo.
---Es
bien puntual usted, ¿verdad?—le dijo
---Buenas
tardes mi capitán; como usted me indicó,
aquí estoy a su disposición.------Pero siéntese licenciado ---palmeándole la
espalda y mostrándole una silla para el efecto --- ¿ no le apetece un whisky
?---
---Gracias
capitán, pero talvez en otra oportunidad, no en horas de trabajo, usted sabe,
la imagen.--
El capitán se dirigió a una pequeña refrigeradora, a un costado de su
escritorio, tomó una gaseosa, Roja la destapó y se la empinó
---
¡AHHHH! ---murmuro, mientras se limpiaba los labios con la manga de la camisa.
---Bien
don Fermín, como le dije esta mañana, el patojo no se encuentra aquí, pero para
que usted se vaya tranquilo y sobre todo para que le comunique a la familia y
los periodistas que andan por allí cubriendo la noticia, vamos a hacer el
recorrido; esto es con el fin de que publiquen la verdad, y no estén echando a
volar toda clase de bolas, que solo desprestigian a la institución armada.
---
Cuando usted ordene, mi capitán ---
Un par de sorbos y el militar dió fin a la gaseosa, colocó el envase
sobre la mesa y llamó a su asistente.
---A la orden mi comandante --dijo cuando entró por la puerta y le
saludó.
---LLevate
a Don Fermín. Van a ir a hacer una inspección de las instalaciones. Lo llevas a
las cuadras. Las bodegas, la cocina, el comedor --- haciéndole énfasis,
subiendo el tono de voz,--- y bartolinas… !--- haciendo algunas
gesticulaciones---
iLas
bartolinas!.... ¡entendiste!--- y luego
dirigiéndose al abogadillo ---Pásele don Fermín, mi asistente personal le
atenderá, él le llevará a realizar la visita... espero tenga los ojos bien
abiertos, busque bien y luego vuelve conmigo, para ratificar, que lo que le dije
es cierto.---
Después del recorrido:
---Satisfecho
licenciado, no hay nada ni nadie, ¿ verdad ?.. aquí no hay cárceles secretas,
ni nada extraño en éste cuartel
--- Tiene
usted razón, mi capitán, no encontré al muchacho ni a ningún otro detenido---
---Entonces…es
necesario don Fermín que certifique lo que ha visto, que se sepa la verdad del
hecho, que aquí no hay presos, yo le recomiendo que en las declaraciones a la
prensa sean ajustadas a la verdad que usted pudo comprobar, y que usted vio,
recuérdese que la institución armada está para salvaguardar el orden y proteger
a la población civil. Del paradero del muchacho… ¿Cómo es que se llama? JOSE
SANTOS, usted debe decir, que por informaciones que nosotros manejamos, lo
vieron huir a la montaña con un grupo de insurgentes de los que fueron
sorprendidos en la iglesia junto al cura.---
---¡Pero
mi Capitán,...!---lo interrumpió, el militar
---Yo le
estoy diciendo que fue lo que pasó y lo que usted tiene la responsabilidad de
admitir e informar. ...A nosotros nos consta y basta.--- imperativamente ---O
me imagino que usted tampoco le conviene poner mi palabra en duda...,en estos
tiempos esto se convierte en algo peligroso,
no lo cree…?---
---Claro
que si mi Capitán Domínguez, lo que usted ordene.---
--- Hablaré
ahora mismo con doña Francisca y con los familiares, con los muchachos de la
prensa, les diré exactamente lo que usted me ha indicado. Con su permiso mi
capitán… hasta la vista.---
Se despidió sin darle la mano, con la idea de salir lo mas pronto
posible de allí, a toda carrera Las indicaciones habían sido precisas y se
había dejado sentir la fuerza y la presión ejercida. Autoridad al fin, de no
tener que dar mas explicaciones, concluido el caso.
El capitán Godofredo Domínguez,
era el comandante del destacamento militar de Valle Dorado, departamento del
mismo nombre, ubicado en el oriente del país. Era una villa relativamente
tranquila, en la que por razones de lo árido de su suelo, la mayoría de la
población se dedicaba a trabajar en los poblados vecinos y las actividades
propias eran relacionadas con el comercio con un país vecino.
Mientras tanto, el joven José Santos permanecía en una de las
bartolinas, ubicada en los pasadizos de las catacumbas del monasterio, por lo
que era casi imposible encontrarle. Las salidas secretas eran producto de los
lugares que se usaban para martirio en tiempo de la inquisición. Olvidado el
joven, se aturdía por la soledad, la alimentación y el mal trato que sufría,
era como la espina irritativa que hacía que él muchacho decayera en su ánimo y
en su valor. Casi que su orgullo se mantenía latente, a pesar que se lo habían
intentado aniquilar, a duros golpes, muchos propinados por el propio Comandante.
Eso había creado en el un odio desmedido y una
repulsa inmisericorde, para el personaje, su carcelero.
Cada línea de la cara de Domínguez, cada expresión, cada gesto, le
habían impregnado en la memoria, era una sensación que le provocaba ira. El
hostigamiento y la tortura mental a la que era sometido, los traumas de todo
tipo que había probado y experimentado.
Un muchacho de catorce años y pico sufriendo lo indecible. Ah, cuanta
injusticia; cada dos o tres días, era llevado a la cámara de torturas, que los
mismos soldados conocían como el infiernito, donde en innumerables
oportunidades había sido vapuleado, donde le habían arrancado a una las uñas, le quemaron el pellejo con una braza,
con la punta de un puro y todo por sacarle la verdad, una verdad que le era
desconocida. En muchas de esas ocasiones había regresado a su celda, inconsciente. En
su cuerpo conservaba las lesiones, que le habían propinado, le arrancaron en
pedazos la piel con ganchos de pesca. Asi esto se volvió rutina, conforme pasaba
el tiempo, empezaron a disminuir las visitas a la sala de tortura, de cansancio
los verdugos le dejaron tranquilo por un tiempo, como que comprendían que nunca
les iba a decir nada, las golpizas eran de vez en cuando.
El tiempo era implacable y día a día la actualidad de José Santos era
nada, se quedaba en el olvido de la opinión pública. Los vejámenes y las
torturas pasaron a ser parte de la historia, quizás las últimas veces eran mas
una práctica que no se quería abandonar, un entrenamiento, pues los interrogatorios
eran dejados a un lado. Por supuesto el estado calamitoso de salud y nutrición
del joven, continuaba en deterioro. La comida a veces no alcanzaba para la
tropa y prácticamente para los presos menos. Transcurrieron así, varios meses.
---Saquen
al patojo de la bartolina, sáquenlo a cubetear---
---la
limpieza de los escusados, la limpieza de las cuadras, trabajar, que haga algo,
lo otro nada de holgazanear.---
---llévenlo
a…
---Vos
patojo, el famoso acólito, ja,ja,ja ---le
decía el sargento ---aprendiz de guerrillero, JA, JA,ja…. a vos todavía no te
han bajado los huevos para eso, JA, JA, --le gritaban en tono de burla;
mientras le obligaban a ejecutar las labores de pieza del cuartel.
Las frases y las palabras con que aún le insultaban, a veces, le
resultaban sin importancia y vacías. Pero en algún grado, le afectaban, y por
las noches, le revoloteaban en la mente, le quitaban el sueño, haciendo que la
adrenalina le circulara por todo el cuerpo y le inquietara, sobre todo la
impotencia ante el poder, cuantas veces no se preguntó. ¿Qué estoy haciendo
aquí?, lloraba su desgracia, hacia sus adentros un llanto de cólera, de
infortunio….